5 mar. 2012

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Hace casi un año, el 11 de marzo de 2011, de una u otra manera todo el mundo se enteró de lo que había pasado minutos antes -a las 14.28- en Japón. Un terremoto, seguido de un devastador tsunami, había arrasado con pueblos, edificios y vidas. Yo lo leí en Twitter, antes de que a los pocos minutos lo reprodujera algún portal web internacional (creo que BBC), y luego las agencias de noticias, y luego la tele y luego cada una de las personas que teníamos cerca. Ese día vimos imágenes de una tragedia que aún no se podía medir, pero que ya se revelaba como gigante.

Y en los siguientes días no pudimos dejar de leer, escuchar y ver lo que se contaba desde Japón, desde la embatida central nuclear de Fukushima, desde algún pueblo perdido al que se lograba llegar por primera vez luego de que el océano tapara a la tierra con 13 metros de altura. Se podrá discutir hasta el cansancio sobre porqué la gran mayoría de los seres humanos se sienten inevitablemente atraídos a leer, ver y escuchar sobre esta y otra tragedias. Muchos dirán que es por puro morbo. Yo prefiero pensar que momentos como los de tsunami de Japón desatan un cúmulo de historias que no se pueden dejar de leer, ver o escuchar. Esas historias son contadas por ciudadanos comunes, y entre ellos, por periodistas. Rescatan tal vez algún gen perdido que tenemos latente, el mismo que hacía que el hombre de las cavernas tal vez no compartiera un lenguaje pero sí se sentara en torno a los dibujos de gestas, muerte y lucha, que algunos de esos hombres hacían sobre las paredes.

Luego del 11 de setiembre leímos muchas historias sobre lo que había pasado, sobre quienes habían sobrevivido y sobre quienes lloraban a quienes no lo habían logrado. Seguimos preocupados los testimonios de quienes vivían cerca de Fukushima y temían por lo que allí finalmente casi pasó. Todas estas historias tienen algo en común, desde el punto de vista periodístico: fueron recabadas, investigadas, contadas y narradas por personas que trabajaron para ello.

En esta clase aprenderán a contar historias.  Para eso aprenderán a escribir, lo que les permitirá también pensar estructuradamente la forma, el tono y el ritmo para contar esas historias.

En el reportaje "Viaje a la herida del tsunami" (publicado por El País de Madrid, el 2 de marzo), leo la historia de un árbol. Es un pino de 30 metros de alto, que parece estar agonizando. Y luego leo la historia del lugar en el que ese árbol aún descansa:

"En la costa de Rikuzentakata, una población situada 500 kilómetros al noreste de Tokio que hace un año tenía unos 24.000 habitantes, se eleva un pino agonizante de 30 metros de alto. El tronco arqueado, la copa reseca, las raíces hundidas en una tierra que ahora es salada hablan de una muerte temprana. Fue el único árbol de un bosque de 70.000 ejemplares que sobrevivió a la fuerza del tsunami generado por el terremoto de magnitud 9.0 en la escala Richter que el 11 de marzo del año pasado devastó la costa nororiental de Japón. La catástrofe dejó a su paso 15.854 muertos y 3.276 desaparecidos".

Y así el periodista que volvió al lugar tapado por las aguas un año atrás, logra que -de nuevo- me enganche con una historia conocida, y sin embargo, siempre nueva. Sigo leyendo y me encuentro con otra historia dentro de la historia general: la de Teiichi Sato que, a diferencia de sus compañeros de trabajo, vivió para contarla:

“De las cuatro personas que se quedaron en la ferretería, solo sobrevivió una, agarrada a un poste. Todos los que se refugiaron en uno los centros de evacuación previstos para casos de maremoto murieron. No tenía suficiente altura”, cuenta en el local que ha vuelto a levantar con material de desecho en el mismo sitio en el que estuvo su casa, que fue barrida por el mar. "Necesito luchar contra el tsunami. He perdido todo, pero en mi corazón tengo todo".

Para empezar este semestre como se debe, leyendo buenos reportajes, los invito a dejarse atrapar por este. Y luego la seguimos, porque las historias nunca terminan y ahora espero leer las suyas. Bienvenidos a Com. Escrita 2014. Por reglas de curso y otras maldades, dirigirse a esta página.

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